Siervo de Dios DIEGO HERNÁNDEZ GONZÁLEZ Sacerdote diocesano
Siervo de DiosDIEGO HERNÁNDEZ GONZÁLEZSacerdote diocesano

12. MONJAS ENCERRADAS,

 ¿PARA QUÉ?

 

               Un mundo materialista, como el que vivimos, no puede comprender las cosas de la fe. Y las corrientes secularizadoras y socializantes, que serpentean por la Iglesia, desvirtúan y aun consideran anacrónicas e inútiles para la sociedad actual las vírgenes consagradas a Dios y a los hermanos, dentro de la clausura.

 

               Para muchos miopes en la fe, “la entrega al servicio directo de Dios en la soledad y el silencio, en asidua oración y generosa penitencia”, ha perdido su puesto en el mundo de hoy tan necesitado de promoción humana, intelectual, benéfica y asistencial. Hay muchas lágrimas que enjugar. El cristiano es levadura en la masa. El aislacionismo es anticristiano, etc., etc.. “Sin embargo, el Concilio dice que “enriquecen al pueblo de Dios con frutos espléndidos de santidad, arrastran con su ejemplo y dilatan las obras apostólicas con una fecundidad misteriosa” (Perfectae Caritatis 7)

 

¿QUÉ DICE LA BIBLIA?

 

               Moisés fue pastor del pueblo de Dios, pero más contemplativo que activo. Basta leer el Éxodo. Es típico el pasaje de la lucha contra Amalec: mientras Moisés tenía levantada la mano, Israel prevalecía, pero cuando dejaba caer su mano, prevalecía Amalec. Y como las manos de Moisés estaban cansadas... (Ex. 17, 8-13). Pasaba mucho tiempo en el monte Sinaí hablando con Dios, como se lo aconsejó su suegro Jetró: “Sé tú el representante del pueblo ante Dios, y presenta a Dios sus asuntos” (Ex. 18, 19).

 

               David, jovenzuelo y pastor, con su honda y un guijarro mata a Goliat y destroza al ejército de los filisteos (1 Sam. 17, 45).

 

               La vida de Jesús en Nazaret es un preludio y modelo de la vida contemplativa. Treinta años sin darse a conocer, entregado solamente al Padre en la soledad, en el silencio y el trabajo. Y las necesidades de los hombres eran urgentísimas, pero “aún no había llegado su hora” (Jn. 2, 4).

 

               Durante su vida Jesús pasaba las noches en oración (Lc. 6, 12), se retiró al desierto durante cuarenta días; se apartaba con frecuencia a los montes (Mc. 6, 46); se preparó para la pasión en el huerto de Getsemaní, a donde se recogía para orar. Alabó la actitud de María a sus pies y reprendió a Marta por su actividad nerviosa (Lc. 10, 41). También aconsejaba a los apóstoles que se retirasen de la gente para descansar y orar (Mc. 6, 31).

 

               La Virgen Santísima dedicó su vida corporal y espiritual al servicio directo de la persona de Jesús. Nada dice el evangelio de que cuidase a los enfermos ni diese clase alos niños. Tampoco realizó otras actividades distintas de las propias de un ama de casa. Digamos lo mismo de San José. Ambos hicieron mucho bien a la humanidad.

 

LAS MONJAS DE CLAUSURA

SON LEVADURA EN LA MASA

 

               Dos son las propiedades de la levadura: Primero, tener fuerza para transformar la masa; segundo, estar envuelta en la masa. Si la levadura se desvirtúa, por muy masificada que esté no influirá en la masa. Jesús dice esto mismo de la sal. Si pierde su sabor, ¿para qué sirve? (Mt. 5, 13; 13, 33).

 

               Las monjas de clausura están con toda realidad envueltas en la masa humana y cristiana, lo mismo que las activas. Lo que a unas y a otras les da el ser levadura no es el contacto corporal y la actividad asistencial, sino el amor de Dios y del prójimo con que realizan esa beneficencia, del tipo que sea. La oración y el sacrificio es el modo fundamental  de vivir este amor, única fuente de energía transformadora de los hombres en hijos de Dios. Y esta energía es común a la vida activa y contemplativa. Las religiosas de vida activa tienen el peligro de quedarse en la labor externa y olvidar el espíritu que le da valor.

 

               La misión de las contemplativas es exaltar ante los hombres, con su dedicación total, estos valores del espíritu, pues las activas, con todas sus obras de beneficencia, por extraordinarias que fuesen y por muy apreciadas de los hombres, no podrían hacer un cristiano ni suscitar un pensamiento merecedor de la vida eterna, merecedor de la gracia de Dios. La oración y el sacrificio son como las obras de beneficencia medios para alcanzar estas gracias, pero también un pagano puede hacer bien a los hombres, mientras que la oración unida al sacrificio es un signo inconfundible de la presencia y actuación de Cristo.

 

               Diríamos que las religiosas de clausura son como un sacramento o signo de oración y penitencia, como un Sinaí en medio del pueblo de Dios peregrinante, donde se tratan sus asuntos para conquistar la tierra de promisión.

 

               De hecho no está más presente en la masa en calidad de levadura el que más se adapta a las propiedades de la masa, sino quien más se preocupa de sus problemas, los siente más y con mayor generosidad se sacrifica por solucionarlos; es decir, quien más los saca de su masificación. Por tanto, son precisas las diferencias entre masa y levadura; de lo contrario todo se convertiría en masa.

 

               Cristo crucificado y muerto, sólo y despreciado, es el gran signo redentor, el menos comprendido y valorado. Al contrario, cuando dio comida a cinco mil quisieron aclamarlo por rey (Jn. 6, 15). ¿Un convento de clausura no se parece mucho a un Calvario?

 

BIEN QUE HACEN A LA HUMANIDAD

 

Los valores sociales, visibles y apreciables de las religiosas de clausura para las personas reflexivas, sensatas y con un mínimum de fe, mirándolas sin animosidad ninguna, son éstas:

Primero, la vida de familia que mantienen días y años, como las abejas de una colmena labrando la miel de su unión con Dios y de holocausto a favor de los hombres, sin traslados y salidas, sin vacaciones, viendo siempre las mismas caras y tratando los mismos caracteres, es un ejemplo para las comunidades humanas, matrimonio y familia, grupos de recreo y de trabajo, ante las frecuentes evasiones del propio ambiente y excesivos cambios de posturas.

 

Segundo, el trabajo y la pobreza. Trabajan sin egoísmo, no para enriquecerse sino para cumplir la ley del Señor. Sin apetencias de vestidos ni bienes de fortuna, sin vanidades ni comodidades de las que esta sociedad de consumo está llena.

 

Tercero, un detalle mal mirado: las rejas y la clausura. Las rejas actualmente son un símbolo, no de apartamiento, sino de los ruidos que les impedirían la contemplación. La reja no coarta su libertad, sino que las tienen para que las noticias y preocupaciones anecdóticas del mundo no entorpezcan su recogimiento, silencio y trabajo. Es un lenguaje explícito para quienes las visitan, como si dijera: Vivimos para el trato con Dios en provecho vuestro; si de este lenguaje queréis participar, enhorabuena; si no, no nos distraigáis. “Y viviendo esta dedicación ardua, pero no dura, les dice Pablo VI, sois felices, ¿no es verdad? Nada más agradable, ni más sencillo, ni más bello. No sólo se os concede un puesto en la Iglesia católica, sino una función, como dice el Concilio, no estáis separadas de la gran comunión de la familia de Cristo, estáis especializadas, y vuestra especialidad es hoy, no menos que ayer, providencial y edificante para toda la Iglesia; más aún, para toda la sociedad. (28-10- ).

 

Cuarto. Lo sepan los hombres o no, es un beneficio insuperable para ellos la dedicación total de estas vírgenes cristianas a la oración y la penitencia por su salvación y perfección, “pues ofrecen a Dios un excelente sacrificio de alabanza y honran al pueblo de Dios con copiosos frutos de santidad y lo mueven con el ejemplo, como también lo acrecientan con una misteriosa fecundidad apostólica. Por ello son gloria para la Iglesia y fuente de gracias celestiales” (Perfectae Caritatis 7). Los que tenemos fe hagámonos esta pregunta y respondamos: ¿Quién gano la batalla contra Amalec, Josué con la espada o Moisés en el monte? ¿Quién venció a Goliat, la honda de David o su confianza en Dios?

 

VALOR DE LA VIDA CONTEMPLATIVA EN EL MUNDO

 

               Demos fe a una santa moderna, Teresita del Niño Jesús. El 25 de abril de 1.893 escribía a su hermana Celina una carta que, por necesidad de la brevedad, hay que resumir. Viene a decirle que es como una gota de rocío oculta en la divina corola de la Flor de los campos. Ningún ojo profano podrá descubrirla, y sólo el cáliz que la aprisiona conocerá sus encantos. Conocida sólo de Dios. Quienes creen que no sirve más que para eso, desconocen quién es esa Flor de los campos, Jesús. Los del mundo dicen, el río y el arroyo ¿no son acaso más útiles que la gota de rocío? La juzgamos del todo inútil. Pero el Amado no tiene necesidad de nuestras obras deslumbradoras ni de nuestros pensamientos sublimes. No viene a buscar allí ingenios ni talentos, sino que aprecia la sencillez. ¡Qué maravillados quedarán el día del juicio quienes juzgaron inútil la gota de rocío! El Señor no quiere que todos seamos gotitas de rocío; también cuida que haya preciosos licores para consuelo de las criaturas, pero para Él se reserva una débil gota, una perla de la noche. ¡Qué dicha vernos llamadas a esta hermosa visión!

 

               Sta. Teresita ha descrito bellamente la vocación de la monja de clausura. Habría que tener experiencia de Dios para comprender la grandeza de la vida consagrada a la contemplación, a la alabanza, a la acción de gracias por los beneficios que concede Dios a los hombres, y a tener continuamente los brazos levantados como otros Moisés suplicándole el perdón para los pecadores, la perseverancia para los justos y el pan de cada día para los pobres. Tengamos la seguridad que las monjas de clausura viven profundamente la conciencia de su misión en la Iglesia. La contemplación de suyo es más perfecta que la actividad.                                                             

 

 

Oración de intercesión

Dios misericordioso,

que en tu siervo Diego, sacerdote,

nos has dejado claro ejemplo

de amor a Jesucristo y a la Iglesia,

trabajando sin descanso

por la santificación de las almas:

te rogamos que, si es voluntad tuya,

sea reconocida ante el mundo su santidad

y me concedas por su intercesión el favor

que tanto espero de tu mano providente.

Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

 

(Padre Nuestro, Ave María y Gloria)

 

(Para uso privado) Con licencia eclesiástica.

 

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