Siervo de Dios DIEGO HERNÁNDEZ GONZÁLEZ Sacerdote diocesano
Siervo de DiosDIEGO HERNÁNDEZ GONZÁLEZSacerdote diocesano

Rvdo. José Ruiz Costa

El trazo más sobresaliente de su figura fue su pasión por Jesucristo. Era un sacerdote ardiente. Ponía el corazón al hablar de Cristo, lo mismo lo hacía al escribir. Lo mismo al rezar que al trabajar. Superaba la vieja oposición entre la vida contemplativa y la activa sin el recurso a la fusión de los conceptos sino descubriendo el contenido verdadero del apostolado: “Dice Sto. Tomás que existe una vida superior a la activa y a la contemplativa, y es la apostólica que es dar a otro lo que se ha contemplado. Si el apóstol es un titiritero es mejor irse a un convento, pero si el apóstol es un “desbordamiento de la vida interior” es superior a la contemplativa porque incluye las dos vidas. Jesús fue un apóstol no un contemplativo. Lo que ocurre es que no se conoce lo que es ser apóstol. Ese juego de palabras: “el Señor de las criaturas etc...” cabe en el activo, pero no en el apóstol, porque el apóstol da lo que le sobra o rebosa, o sea no deja a Dios sino que su amor le parece poco y le busca más y mejores amadores. ¿Esto es ocuparse de las criaturas? El apóstol ve sangre de Jesús por la calle de la amargura de este mundo; esa sangre son las almas y se afana por recogerla para que no se pierda. Lo más opuesto  a la vida apostólica es descansar en las criaturas. El contemplativo dedicándose a la alabanza del Señor cumple en sí su fin: ser gloria de Dios. Pero si ama de verdad al Señor, ya que no puede con su acción, procura y pide más gloria de Dios en las criaturas con su oración. El contemplativo manda con su oración gloria de Dios a las criaturas. El apóstol la lleva él dándose a las almas. Es vida más heroica, más superior, cumple más excelentemente el precepto de la caridad de amar a los hermanos y a Dios en ellos, dándose todo a ellos.”


Él era eso, un apóstol. Vivía en Dios y para Dios. Era su referencia. Y, por tanto, su seguimiento. Como pasa siempre con los santos, con todos los que han centrado sus vidas en Dios, no buscaba más que la gloria de Dios. Lo cual conlleva ocultar y aún perder la propia.

 

Al padre Diego no se le podía aplicar la frase de San Juan de Ávila tan frecuente en sus cartas “¿Adónde estás cuando en Jesucristo no estás?”. Él no tenía otro sitio en donde estar. Y esto explica su guerra declarada contra sí mismo. Su espiritualidad no es otra que el crecimiento de Dios en sí y la lucha contra la natural oposición a ese crecimiento por parte de sus tendencias. Le cuadraba perfectamente la frase del Bautista "conviene que Él crezca y yo disminuya”, como él mismo se aplica en el siguiente párrafo de una de sus cartas: “Yo le pido al Señor que no ponga mala cara cuando me vea postergado; que no pregunte ni poco ni nada cuando actúe; que no busque que me busquen; que no me alegre cuando me inviten; que no desprecie o menosprecie nada que no haga yo; que lo alabe todo; y sobre todo que yo aprecie, desee y busque la oración y el sufrimiento como lo más decisivo en el crecimiento de la Iglesia. Que yo mengue y Él crezca a costa de mí. Todo esto no lo hago; quisiera hacerlo. ¡Qué pena de hombres buenos que no nos hemos enterado todavía de que el parecido con Cristo no está en la predicación sino en los desprecios y en el arrinconamiento! Pero ¿de dónde nace nuestra falta de convencimiento?, de nuestra falta de vida de oración; no la hemos gustado todavía y por eso no apetecemos el rincón. Siempre “vivitos y coleando” y eso somos los formadores de los Cristos actuales.”

 

Esta primacía de Jesucristo en su vida le suponía, como hemos oído de él mismo, una labor ascética que llegó a ser dominio espontáneo y heroico de su natural: sea la curiosidad, la posesión de cosas, el triunfo personal, la defensa de sí, el propio criterio...

 

Y la labor ascética le llevó al estado místico. Su ardor era amor. Su único interés se centraba en amar a Dios y ayudar a que otros le amasen. Sus “Apuntes de vida cristiana y religiosa” para las clases del Noviciado de la Casa Madre de las Carmelitas, como para las clases del teologado muestran no sólo su saber del espíritu sino su propio vivir del espíritu.

 

Se lo he oído a muchos: era humilde, obediente, pobre, sacerdote de silencio y de sagrario. Pero también proclamador del amor de Dios. Lo suyo era a la vez encandilamiento y fiebre apostólica.

 

 

La paternidad espiritual en el Seminario, las congregaciones religiosas, los monasterios de vida contemplativa, muchos sacerdotes... proclaman que otro trazo dominante de su semblante fue: “pintar almas”.

 

Nada como aquel sencillo suceso entre él y su hermana en el Hospital cuando ésta recuerda lo agostadas que estarán las plantas en casa por su larga ausencia. Y su inmediata reacción de apóstol: “más secas están las almas por falta de riego y nadie las cuida.”

 

El padre Diego se veía impulsado a pintar a Jesucristo en las almas. No tenía otro interés, ni tiempo para más. “Sacrificaré a la pintura, el hijo de la promesa, y no pintaré más que almas. Y esto me sale bien, porque pintar lo hago yo solo, y a pintar almas me ayuda Dios.”  De su amor al Señor nacía este fuerte movimiento. No tenía topes ni había sitio para el desaliento. Predicar, recibir y escribir cartas. Y todas ellas son singulares. Trata a cada alma con especial atención, con todo respeto y buscando su perfección.

 

La paternidad espiritual supone una competencia en quien la ejerce y una aprobación eclesial que, unidas, dan al director una verdadera autoridad moral. Él la tenía. Y por eso, atraídos por esta competencia y esa autoridad moral se le entregaban las almas de los sacerdotes, las religiosas y los laicos con su excepcional apertura, duradera y total, poniendo en sus manos toda su conciencia y proceder para que les condujese hacia la unión perfecta con Dios. El padre Diego era un verdadero consejero evangélico. Por su oficio trataba de interpretar la situación concreta de quienes se le confiaban a la luz de la doctrina y exigencias del Evangelio.

 

Este trabajo, que hoy tanto escasea por falta de maestros del espíritu, requiere una calidad interior correspondiente a un cristiano maduro y ejemplar, eminente por su fidelidad de vida, de vastos conocimientos evangélicos y de los maestros del espíritu (él era un experto en San Juan de Ávila, Santa Teresa y San Juan de la Cruz), con experiencia de tiempo y de calidad y con la prudencia de una virtud madura. Requiere una cualificación fundamental de sabiduría que abarque la competencia doctrinal, la caridad sincera y la constante discreción. El padre Diego era una especie de personificación viva de los dones del Espíritu Santo.

 

Muchos de los hombres y mujeres verdaderamente apóstoles y ejemplares de nuestra Iglesia Diocesana se han curtido y afinado, en definitiva fraguado, en sus manos (Madre Isabel, Carolina, Carmen, Paquita Boronat, Lolita, María Jesús, Felicidad, Eva y un largo etcétera de matrimonios y religiosas y sacerdotes eminentes por su testimonio de vida). Todavía hoy podemos encontrar personas trabajadas por él y sobresalientes por su amor a Jesucristo, su vivencia humilde y obediente y con un fino sentir con la Iglesia que quedó como prototipo de las personas trabajadas por él. Formados por el amor y el respeto a la Jerarquía, con hondo sentido de la necesidad de la oración y entregados al servicio del apostolado, eminentemente parroquial, formando grupos de laicos de revisión de vida en total disponibilidad al párroco y con una formación espiritual equilibrada. Esta es su marca. Resulta bastante fácil reconocerla en los suyos. “Yo pido a Jesús que no tenga más que una manía y es desear que le amen de verdad. Y esto es lo que se me ocurre deciros: que no tengáis más que un amor, el de Jesús.

 

Oración de intercesión

Dios misericordioso,

que en tu siervo Diego, sacerdote,

nos has dejado claro ejemplo

de amor a Jesucristo y a la Iglesia,

trabajando sin descanso

por la santificación de las almas:

te rogamos que, si es voluntad tuya,

sea reconocida ante el mundo su santidad

y me concedas por su intercesión el favor

que tanto espero de tu mano providente.

Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

 

(Padre Nuestro, Ave María y Gloria)

 

(Para uso privado) Con licencia eclesiástica.

 

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